lunes, 20 de agosto de 2007

La sobrecogedora confesión de la niña Eiza: una historia de abuso infantil

El siguiente texto no es sólo una muestra de las pretensiones literarias de Eiza (ya que viene de su propia pluma), sino que además constituye un relato de una de las épocas más difíciles de su vida: la muerte de su padre.

Y bien, sin más molestos preambulos he aquí la "confesión":

Embelesada por la grata delicia que el leve suspiro del crepúsculo ofrecía, desperté animada del dulce sosiego, entre la caótica serenidad del callado vagón. Había gastado los últimos céntimos del dinero que me legó papá en el billete de tren a la capital; mas nada me importaba ya verme reducida de esa forma a todos los inconvenientes y consecuencias de la pobreza. Aquel mal, que en la infancia me habían presentado como la mayor de las desgracias, había perdido entonces su capacidad para intimidarme. Mi vida carecía de objetivos, carecía de objetivos porque hasta entonces había buscando un motivo que me permitiera seguir adelante, una razón por la cual hubiese tenido que venir al mundo en tan desdichadas circunstancias. Ahora sólo quería huir, desaparecer.

Con la muerte de papá, acaecida no hacía más de dos semanas, mi tutela dependía del hombre al que más temía. Y yo huía, huía hacía los confines del mundo. Huía porque sabía que su amor por mí era insano. Porque no podía olvidar el beso que me dio tras las gruesas cortinas de terciopelo del salón ni podía, tampoco, dejarse consumirse en mis recuerdos la blancura deslumbrante de sus muslos desnudos, ni el abultado volumen de su vientre peludo, ni la flacidez inflexible de su miembro inerte; porque sus gruesas manazas baja mi falda, hurgando toscamente en mi intimidad, quedaron marcadas para siempre.

-No le digas nada a papá- decía él; y en su mirada se dibujaba la expresión agridulce de aquel que por fin se decide a saciar el deseo largamente postergado.

Entonces no podía entenderlo, nada sabía. Pero en mi pecho ya ardía el deseo por ceñir mi cuerpo desnudo contra el suyo, por sentir sus besos, sus caricias. Estaba enamorada, doce años tenía, y nada sabía.

Pero su amor por mí no podía.

Voy a pasearme por todo el andén, con mi abrigo de lana rosa raída y mi maleta destartalada de cuero y hojalata. A contemplar como se agolpa ante mí, como mosquitos en derredor de una bombilla, la densidad de personas con paso artificioso. Me detendré un segundo a pensar en él. Recordaré con nostalgia todo aquello que he dejado atrás. Sufriré callada bajo el reloj descompuesto de la estación, como la muchacha a la espera de un novio que nunca volverá.

La criatura que me mira impávida, desde los interminables rieles de madera y lustro metal, espera estoica a que la enorme mole metálica la golpee, a que sus ruedas furiosas arrastren con vigor sus despojos. Para ella la vida tampoco ha sido fácil. La veo de pie, desnuda, asustada, frente al sillón de terciopelo rojo; en él se encuentra echado su tirano, disfrutando de su belleza . La hace voltear, agacharse, ponerse en cuclillas. Le ordena vestirse y desvestirse una vez más. Y todo en vano, pues nada de lo que ella logrará satisfacerle. Por eso enfurece y la golpea, la insulta y la obliga a llevarse su miembro flácido a sus labios. Aquella criatura lleva el mismo abrigo de lana rosa y será bajo las oscuras entrañas mecánicas en donde halle su fin.

Veo también a su padre, flacucho, hosco, miserable. Los veo a ambos cruzando penosamente la gran puerta roja del edificio, mientras el tirano con su sonrisa les saluda con sobrada fatuidad. Pobre hombre, mediocre y débil, no sabe a lo es sometida su hija.

Podría dejarme caer a su lado, y compartir juntas de esa manera el mismo destino. Pero no lo hago, y vivo, y amo, sufro, me desvelo y lloro. Me sublevo ante la idea de que deba dejarle ¿qué será de él si yo le abandono? Y me consuelo ante la perspectiva de la felicidad, de un amor más grande que el otorgado por la vocación cristiana por buscar el bien de los demás, la felicidad a su lado. Porque no puedo dejarme caer sobre los reluciente rieles del tren, y abandonar así todo. Pues de nuevo tengo deseos de vivir, de ser feliz.

-Debo decirle, que apesar de todo, me he enamorado de usted con locura. Una sola palabra suya, una negativa o una confirmación, cambiará todo. Será usted mi vida o mi muerte- decía, sin que yo le escuchase, cuando papá aún yacía sobre la mesa del comedor-. Digame usted, querida hermana, si es que quiere hacerme el hombre más feliz del mundo.

Y de nuevo puedo verle meciendose sereno bajo la sombra del viejo árbol de follaje argentino. En aquellas magnificas tardes de otoño, cuando el sol calienta aun más que en primavera, "donde en el verde follaje resplandecen naranjas de oro y un viento leve corre desde el cielo celeste" Porque soy capaz de amar, y soy capaz de sufrir . Porque apesar de ser la misma chiquilla, con el mismo abrigo rosa de toda la vida, soy también una mujer, una mujer capaz de proferir un amor más grande que el que él me profesaba.

Yo le amaba, le amaba con calor cristiano. Con un amor desinteresado, sin objetivos. Un amor duradero que está más allá de la voluptuosidad. Como se ama al prójimo, al enemigo, a Dios mismo. Le amaba como puede una muchacha amar al hombre que la ha tomado contra su voluntad. Como amó y perdonó aquel, que siendo Dios, murió por nosotros.

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